sábado, 29 de enero de 2011

¿Nos calentamos, nos enfriamos... o simplemente no pasa nada?

A mí me resulta tan disparatadamente evidente que no consigo entender como los demás no lo ven claro.  Los políticos, los medios, los catastrofistas de todo género y la mayoría de esa clase media que pretende pasar por lista o tal vez incluso por culta, se ponen todos muy serios cuando hablan del cambio climático. La inmensísima mayoría de ellos no tiene ni la más remota idea de lo que significa la palabra modelo en física y, sin embargo, apoyándose en lo que ellos creen que dicen los sabios del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, defienden con saña y con argumentos aparentemente sólidos las tesis de dicho Grupo.
Vamos a ver, es que hasta el nombre del Grupo hace levantar sospechas: ¿espera alguien que el "grupo de expertos sobre el cambio climático" concluya que no hay cambio climático?  Es algo simple señores, incluso vulgar: les va el salario en ello.  Podrían haber sido más taimados y llamarse algo así como "Grupo de Expertos sobre el Comportamiento del Clima", pero como son sabios, se dieron cuenta de que no haría falta; todo el mundo ha aceptado con naturalidad el nombre del Grupo, por sectario que suene.  Si una empresa del sector alimentario dijera mañana que, puesto que ella se autodenomina, por ejemplo, "La Empresa que Fabrica el Pan Auténtico", todas las demás panaderías son impostoras y que, por ley, tan sólo se le puede comprar pan a ella, estoy convencido que la idea -por ridícula- no prosperaría en absoluto.  Claro está, esa empresa argumentaría que le apoya la opinión de los que realmente saben elegir el buen pan, que las otras opiniones no tienen peso, pues provienen de los que no saben nada de panes.
El problema va más allá de si hay cambio o no, de si la Tierra se calienta o se enfría e incluso de si podemos o debemos hacer algo para poner remedio.  El problema está relacionado con algo muy profundo, con la esencia misma de la Civilización.  El problema es si debemos, como colectivo, basarnos en el método científico -que es o debería ser objetivo- o en la opinión de particulares prestigiosos, la cual -sea cual fuere el origen y la validez de su prestigio- siempre será subjetiva.
Yo creía que, a partir del Renacimiento, la respuesta a esa duda ya había sido aceptada por la totalidad de la parte lúcida de la Humanidad, pero me aterroriza ver que seguimos como en los tiempos en que se torturó a Galileo. Aun peor, la Ciencia corre el peligro de convertirse en dogma.  La Duda, motor impulsor del pensamiento lúcido, de la propia Civilización, está en grave riesgo de ser considerada herejía.
Llamo la atención sobre el hecho de que yo -como la inmensa mayoría de los seres humanos- no sé a ciencia cierta si hay o no cambio climático significativo y mucho menos, si ese cambio -de haberlo- es antropogénico, o sea, si está causado por el hombre.  La idea, la de que el clima está cambiando muy rápido y por culpa nuestra, es lo que en ciencia se llama una "hipótesis plausible", es decir, algo que tiene cierto sentido y que valdría la pena confirmar.  Un cambio climático como el que anuncia el Grupo tendría consecuencias ciertamente preocupantes y tiene sentido dedicar algunos recursos a comprobar si existe y si debemos y podemos hacer algo para evitarlo o para prepararnos adecuadamente, de ser inevitable.  Hasta ahí todo está bien.  Es algo tan obvio que ningún periódico lo publicaría como noticia ni merecería comentarios.

Y, por cierto, ¿de qué va eso de los modelos?  Lo explicaré en pocas palabras, simplificándolo mucho: La Física -y casi toda la Ciencia- se construye sobre la base de modelos.  Un modelo es una idea consistente, estructurada y muy bien definida que nos hacemos de una parte de la realidad y que, al menos en la física, se "matematiza", es decir, se describe mediante ecuaciones  La intención siempre es usar el modelo para hacer predicciones exactas, esto es, para saber cómo se comportará la realidad descrita por el modelo, pero en otras condiciones diferentes a las que ya conocemos. 
Por bonito que resulte el modelo, tiene luego que comprobarse mediante experimentos para que sea aceptado como válido.  Y que un modelo funcione en ciertas condiciones no significa que funcione en otras muy distintas.  De hecho, eso es lo que justifica que los científicos tengan un empleo: hay que buscar continuamente nuevos y mejores modelos según se descubran nuevos problemas o nuevas realidades.
Es más, todos nosotros -cultos o incultos- hacemos casi todos los días pequeños modelos para intentar predecir lo que ocurrirá después.  Por ejemplo, conocemos a una persona y nos hacemos una idea -sobre la base de nuestra experiencia acerca otras personas similares y de nuestro sentido común- de cómo es.  Luego nos servimos de esa idea o modelo para imaginar cómo reaccionará a una propuesta o una acción nuestra; si el resultado es el esperado, confirmamos nuestro modelo y lo podremos volver a usar, esta vez con mayor confianza.  Pero nuestra idea sobre una persona nunca es completa, pues siempre nos faltará información y, además, la gente cambia, con lo cual el modelo puede no ser válido siempre.  Eso explica que en muchas ocasiones la gente se comporte de manera distinta a lo esperado; decimos entonces que nos ha decepcionado, cuando deberíamos decir que nuestra idea -nuestro modelo- era incorrecto y por ello esperábamos algo que nunca iba a ocurrir de esa manera. 
En la Ciencia ocurre otro tanto: algunos científicos se aferran a su modelo y se disgustan cuando la realidad se empecina en comportarse de modo distinto a lo que el modelo predice. Y eso poco tiene que ver con el salario del científico; es un efecto secundario de la vanidad.
¿Significa entonces que la Ciencia no está formada por verdades, que no es fiable, que sus tesis son sólo parciales y temporales?  Sí, la respuesta es sí y no hay por qué preocuparnos.  La construcción de nuestra imagen sobre el mundo basada sobre modelos es el mejor método que hemos podido inventar hasta ahora.  Nos ha traído hasta este punto de bienestar y de desarrollo y podemos seguir confiando en él.  Pero no nos permite acceder a la verdad absoluta, tan sólo acercarnos a ella cada vez más y por diferentes caminos.  Todos los otros intentos de llegar a las verdades han resultado insuficientes o completamente inútiles.
Volviendo al tema del clima y el tiempo, hay una serie de modelos físico-matemáticos, con diferentes hipótesis de partida y distintos alcances en el espacio y el tiempo, que intentan describirlo con mayor o menor éxito. 
Algunos funcionan razonablemente bien a corto plazo (unos 3 ó 5 días) y para ciertas regiones no muy extensas.  Es con ellos que se hacen las predicciones que vemos en la sección de meteorología de los informativos de la televisión.  Hace 20 ó 30 años estos modelos eran muy malos y con frecuencia las predicciones no resultaban acertadas.  Al mejorar la potencia de cálculo de los ordenadores y disponer de abundantes datos históricos para confirmar o descartar las distintas variantes de los modelos, hoy en día tales modelos a corto plazo funcionan bastante bien y permiten que la sociedad se prepare con cierta antelación a la ocurrencia de accidentes meteorológicos los cuales, de no existir tales recursos, devendrían en tragedias.
El problema de los modelos que pretenden describir el clima a escala global y con un alcance temporal de centenares o miles de años, es que disponemos de pocos datos para elaborarlos y menos aún para confirmarlos.  De hecho, el único modo seguro de validarlos es esperar a que pase el tiempo y ver (medir) si ocurre lo que predicen o no.  Es como si pretendiésemos conocer toda la historia previa y saber cómo será el futuro del comportamiento de una persona de edad madura haciéndole una entrevista de dos horas.  Algo se conseguirá, es cierto, pero no será muy fiable.  De hecho, nadie en su sano juicio pretendería juzgar a  esa persona porque el "modelo" derivado de la entrevista prevé que dentro de diez años cometerá un crimen.  Pues bien, los políticos de hoy en día, en su mayoría, se muestran favorables a cambiar el orden socioeconómico existente por otro -indefinido y posiblemente peor- a partir de las conclusiones que los científicos del Grupo han extraído de sus limitados modelos a largo plazo.  Y en eso radica el otro peligro importante de la moda del cambio climático: actuar de manera radical sobre la sociedad y la naturaleza a fin de intentar resolver -que no es lo mismo que resolver- un problema que tal vez no exista.
Detrás de esa moda subyacen dos hechos, a mi juicio, inherentes a la naturaleza humana: la necesidad de un temor colectivo para que exista un cierto grado de coalescencia social, por un lado, y el pobre recurso emocional de imaginarnos poderosos para conseguir una cierta estabilidad mental ante la aterradora evidencia de nuestra ignorancia como individuos y como especie, por el otro.
El primero se consiguió con eficacia en la segunda mitad del siglo XX gracias a la Guerra Fría, que tal vez fue un invento genial o una espontánea y feliz casualidad, pero que, en todo caso y a un coste mínimo, permitió que la Humanidad se desarrollara hasta cotas inimaginables con la excusa del peligro de una hecatombe nuclear.  Nunca el miedo colectivo había sido tan productivo: Hoy, a resultas de esa fase, tenemos Internet, GPS, telefonía móvil y un sinfín de utilidades que tal vez nunca se hubieran materializado en un mundo tranquilo y feliz... Y lo mejor es que no hubo hecatombe...  Tal vez ahora alguien pretende que el nuevo "miedo necesario" sea al cambio climático y a sus terribles consecuencias.  Visto así, si funciona, bienvenido sea ese miedo, aunque sea infundado.
El segundo hecho es más intrínseco y casi pueril:  Pensad en ese niño pequeño que apunta amenazador con su pistola laser de juguete a su hermano mayor.  Se siente tranquilo pues se cree poderoso.  Igual ocurre con casi todos los ecologistas radicales, los catastrofistas, que creen a pie juntillas que la especie humana tiene en sus manos un poder inmenso, que le permitirá -si no se ponen cotas políticas- destruir la Naturaleza.  Y con esa sensación de poder se van a dormir tranquilos, con la esperanza de continuar al otro día con su revolución verde, que canalizaría todo nuestro (su) poder en aras del bien de la Madre Naturaleza y de la Humanidad.  Es que suena como un himno, ciertamente.  La buena -o mala, según se mire- noticia es que nuestro efecto real sobre la Naturaleza es casi insignificante porque nuestra capacidad energética es una fracción minúscula de toda la energía disponible y activa dentro de esa película fina donde vivimos, la biosfera.  La Naturaleza -a quien poco parece preocupar nuestro devenir y va a su aire,  produciendo sus propias hecatombes  con volcanes, tsunamis, hambrunas y epidemias desde la noche de los tiempos- no ha cambiado casi nada como consecuencia de nuestra presencia en el Universo y parece poco probable que consigamos alterarla en los próximos tiempos.
Pero las modas funcionan con leyes propias, tal vez objetivas.  No hay mucho que hacer y tal vez ni siquiera convenga hacerlo, si pudiésemos.  Sólo  disfrutar de la obra y comentarlo en un blog.

domingo, 21 de noviembre de 2010

El Homo Identitarius

A los monos nos gustar andar en manadas.  Por mucho que hayamos adquirido ciertas costumbres –cepillarnos los dientes, leer el periódico, componer sinfonías o elaborar teorías sobre el origen del universo- no podemos desprendernos del todo de la inmensa carga genética que hemos ido acumulando durante decenas de millones de años.  Y ciertos monos más listos –o quizás tan sólo más oportunistas- han conseguido sacar provecho personal de esa tendencia, encapsulándola en conceptos más elegantes como fet diferencial, identidad y milongas afines.

Los políticos “identitarios” saben lo fácil que resulta manipularnos si previamente nos han convencido de que los que vivimos en el territorio que pretenden dominar “somos diferentes” y que, consecuentemente, “somos mejores” que los de otras partes. Tras eso, es relativamente fácil convencernos que les demos todo nuestro apoyo –y nuestra fe en su inefabilidad- para que ellos nos protejan de los otros, o sea, los distintos, los “no tan buenos como nosotros”. 

Argumentar ese intento de silogismo es fácil.  No importa la calidad de los argumentos.  Se puede echar mano de hechos históricos reales o inventados, del factor Rh -¡qué cosa ésta, nuestros primos primates, los macacos rhesus!-, de la excelencia de nuestros “logros culturales y morales” respeto a la estupidez y la inmoralidad de los otros, de que somos herederos –genética y culturalmente- de los “padres de la patria”, aquellos titanes que fueron los primeros en darse cuenta de nuestra singularidad y de sacrificarse por ella…  La lista de idioteces no tiene fin. 

Una vez logrado el propósito y a solas, colocados los prohombres más auténticamente nuestros en los puestos claves de la tribu, la comida estará servida y se podrán dar el lujo de hincarnos el diente a sus anchas.  No habrá nada que hacer.  Les habremos dado todos los recursos –los legales, los políticos, los ideológicos- para que nuestro trabajo diario les engorde sus barrigas y les pague sus caprichos hedonistas.  Y no podremos quejarnos y acusarles de corrupción, de traición o de lo que sea: no habrá lugar donde hacerlo, porque en todos los puestos claves de la tribu habrá alguien presto a estigmatizarnos con la peor de las condiciones: “¡Eres de los otros!”

Nótese que todos los delirios identitarios recientes están siempre asociados a territorios, no a comportamientos o a modos de pensar; de nada les sirve a los interesados definir una identidad si luego no pueden ponerla a trabajar a su favor y darles el poder local que ansían.  Para sacar provecho del discurso, éste ha de tener consecuencias políticas, es decir, ha de estar contextualizado en un espacio físico, previamente delimitado por fronteras.  Y es que, de nuevo, sacan partido de un comportamiento genéticamente condicionado: el derecho al territorio.

Sin embargo, hay algunas características de los primates superiores que nos hace mejores como humanos, por ejemplo, la curiosidad y la capacidad de reflexión. 

Gracias a la primera, nos puede dar por indagar en bibliotecas y hemerotecas y sorprendernos de cuanta demagogia y falsedad hay en los discursos identitarios.  En entregas posteriores intentaré contribuir algo en este sentido.  La segunda nos previene contra todo lo que no encaje en el sentido común y nos plantea preguntas como: ¿quiénes son los auténticos nosotros?, ¿cómo puedo probar mi autenticidad?, ¿por qué mi territorio llega justo hasta donde me dicen y no unos kilómetros más o menos?, ¿qué me hace tan diferente de los otros?, ¿acaso no hay entre los nuestros mucha gente que comete justo los mismos pecados que me han dicho que son propios de los otros?... Y luego la última y definitiva pregunta: ¿No hay asuntos más importantes en mi vida, en las de los nuestros y en las de los otros, para seguir perdiendo el tiempo con estas tonterías identitarias?

Mi consejo es que aprovechemos, ahora que podemos participar en el juego democrático –porque todavía parece que lo respetan algo-, y vayamos a votar por el partido al que le preocupen los problemas reales de la gente como usted y como yo.  Nos llevará unos minutos y nos ayudará a que esos otros, o sea, los identitarios, no tengan tanto margen de maniobra.  Yo votaré por Ciutadans.


jueves, 18 de noviembre de 2010

Tonterías 2.0. Primera entrega.

Vivimos en la era de las tonterías. Antes –antes de Internet, quiero decir- la proporción de tontos era aproximadamente la misma que ahora, pero el cretino de turno, o el iletrado o el demagogo, tenían un radio de acción muy limitado; sus idioteces alcanzaban tan sólo a los amigos cercanos, a su familia o al que tuviera la mala suerte de oírle en el bar. 

Hoy en día, tras la revolución tecnológica en las comunicaciones –más bien tras el abaratamiento y accesibilidad de los media-, cualquiera que pueda teclear rudimentariamente tendrá, si lo quiere, su espacio de multidifusión. Por otro lado, la avidez patológica inherente a la mayoría de los primates –hemos sido recolectores durante mucho mas tiempo que lo que llevamos de internautas-, expresada en este caso en el deseo incontrolado de tener mucha información, toda la información, por parte de unos, y de “recolectar” todo el dinero que se pueda, por parte de otros, conduce inevitablemente a la proliferación de artículos, blogs, “tutoriales” y periódicos digitales. Es imposible alimentar de información buena y novedosa a todo ese gigantesco sistema automultiplicativo.

Y entonces ocurre lo que ocurre: la calidad de la información se diluye en el solvente del poco sentido común, de la incultura y de la falta de rigor  de muchos comunicadores; la información deja de serlo, pero lo sigue pareciendo.

Estas reflexiones han tomado cuerpo a partir de un artículo que leí ayer en ABC Tecnología: “IBM fabricará superordenadores…”. El autor afirma que “se estima que a día de hoy el 2% de la energía total del mundo va destinada a estos equipos informáticos”, o sea, a los superordenadores. Lo dice dos veces en el artículo y se queda tan pancho…

El consumo total de energía –debería hablarse, en realidad, de potencia media consumida-  tal vez ronde los 15 TW (o sea, 15 mil millones de kW). Es una cifra creíble, pues el consumo energético es uno de los principales indicadores del desarrollo económico de una región y preocupa, por tanto, a mucha gente lista.

El número de superordenadores difícilmente supere el millar. En España tenemos ocho. No los he contado, lo aclaro, pero ¿cuántos de nosotros ha tocado alguna vez uno con sus manos?  El que me queda más cerca, creo, es el MareNostrum, en Barcelona, a unos 150 km, y dudo que alguna vez tenga la oportunidad de verlo “en persona”.  Hablo de un verdadero superordenador, no de un ordenador grande –por cierto, ¿a partir de cuántos Gflop clasifica como “super”?-. 

Según un artículo de Wikipedia –entidad razonablemente creíble, al menos por la consistencia de los textos y la profusión de referencias, aunque no consigo saber nunca quiénes firman los artículos-, el consumo medio de uno de tales ingenios ronda los 257 kW, o sea, redondeando groseramente, más o menos 50 veces lo que se consume en una casa moderna del “primer mundo”. O sea, que tal vez el consumo de todos los superordenadores llegue a ser equivalente al de unas 50 000 viviendas, es decir, el consumo doméstico de una ciudad grande, pero no demasiado. 

Si lo afirmado en el mencionado artículo es cierto, o sea, lo del 2%, el consumo mundial sería de 50 veces (1/0.02) esta cifra, que en nuestra “unidad” de viviendas, equivale al de las casas de unas 50 ciudades de tamaño medio. No sólo parece irreal, es que está muy lejos de parecerlo.

Ahora aceptemos que me he equivocado mucho, muchísimo, y que en realidad es el de 500 ciudades. Aún así no salen las cuentas. En el mundo hay mucho más que 500  ciudades y la energía se consume, principalmente, en muchos otros menesteres distintos a los domésticos: transporte, industria, iluminación pública…

En pocas palabras, el 2% de la potencia mundial es una cantidad brutal y aunque es cierto que un superordenador traga tanta electricidad como la que consume un bloque de edificios o una fábrica mediana, no hay tantos en el mundo como para llegar a semejante cifra.  Para que lo dicho en el artículo sea cierto, tendría que haber en el mundo más de un millón de superordenadores. Habría uno por municipio, más o menos. ¿Comprenden ahora que no haga falta contarlos?

Volviendo al tema inicial, el que escribió o tradujo este artículo de ABC no fue suficientemente riguroso, no actuó con sentido crítico, simplemente no pensó. Y, si bien es cierto que no es un  error grave ni va a tener consecuencias –salvo que algún ecologista radical, tras leer eso, decida desenchufar los superordenadores de marras para salvar el planeta de una vez y por todas-, es un símbolo claro de la poca credibilidad de lo que hoy puede leerse en la prensa y en Internet.

martes, 16 de noviembre de 2010

Esta vez sí los empresarios son culpables

A partir de datos consultables en la web del Instituto Nacional de Estadística, en el año 2009 y en cifras redondas, el 35% de la población activa española tenía estudios superiores, mientras que en el caso particular de los asalariados, ese número llegaba al 40%.  La otra porción de la población activa se repartía en un 14% con estudios primarios o inferiores, en tanto que un 51% del total contaba con estudios medios. Sin embargo, tan sólo el 26% de los empresarios podían exhibir un título universitario y casi el 20%  de ellos tan sólo tenía estudios primarios.  Dicho en pocas palabras: en España, estadísticamente hablando, los empresarios tienen un nivel de estudios claramente inferior al de sus trabajadores.

Por supuesto, no se me escapa que normalmente no hay una correlación  manifiesta entre la cultura real –sea ésta la netamente espiritual o la otra, la funcional- y el nivel de estudios. Pero esta consideración no es útil en el análisis que aquí hago, ya que es igualmente aplicable a cualquiera de los subconjuntos a los que me refiero en el párrafo anterior.  Parto del supuesto –para mí evidente- de que, en igualdad de otros condicionantes, los grupos humanos con mayor nivel de estudios suelen ser también los más cultos e inteligentes.

A la luz de estas cifras y de este supuesto, se aprecian claramente los siguientes hechos:
  •  Cuando los políticos afirman que uno de los problemas endémicos de España es la falta de formación de los trabajadores, una de dos, o no tienen la menor idea objetiva al respecto, o mienten a conciencia, a fin de justificar la baja competitividad de nuestra economía, ya que, en España, la distribución de población en función del nivel de formación es razonablemente uniforme.  Sin necesidad de análisis comparativos respecto a otras economías –el eterno recurso infantil de compararnos con Europa-, el simple sentido común indica que, si tres o cuatro de cada diez personas que vemos salir todos los días de su casa a trabajar tiene estudios superiores, y tan sólo una o dos tiene únicamente estudios primarios, cabe preguntarse: ¿qué proporción de especialistas y directivos hace falta para que el trabajo de los que no lo son sea más eficiente? ¿Se imaginan un ejército con un oficial por cada dos soldados?. 

  •   Asusta, aunque no sorprende, que el nivel de educación de la clase empresarial española sea significativamente inferior al de la media de la población activa.  Este hecho deja de ser una simple anécdota estadística si se toma en cuenta que la mayoría de los empresarios, en las pequeñas y medianas empresas, son a la vez directivos y propietarios.  Dicho de otro modo, en España, estadísticamente, los trabajadores son más cultos –y seguramente más inteligentes- que quiénes les dirigen o establecen las directivas estratégicas. 
Y eso es lo que explica –me atrevo a afirmar que casi totalmente- la pobre competitividad de la mayoría las empresas españolas, manifiesta en infinidad de indicadores que sistemáticamente nos ponen lejos de los primeros puestos y las más de las veces, en la cola. 

¿Elegirá un empresario que sea un semianalfabeto funcional, para un mando intermedio, a un profesional sólidamente formado, brillante y creativo, para que haga lo necesario a fin de que su empresa funcione mejor?  Claro que no. Y no sólo porque el brillo de un subordinado más perspicaz haría evidente lo corto de sus luces –el complejo de lerdo admite poca gestión emocional-, sino porque su pobre formación y su escasa cultura no le permiten ver que, sea cual sea la empresa, las circunstancias y la época, el activo más valioso siempre será el conocimiento libremente aprovechable contenido en las mentes del equipo humano que la constituye.

Y digo “libremente aprovechable” para expresar que no basta con que en el grupo de los trabajadores haya un número considerable de ellos con diplomaturas, licenciaturas, masteres, doctorados y experiencia. Es necesario que los directivos favorezcan –o al menos, permitan- un ambiente de libertad, de premio a la creatividad, de participación constructiva, para que todo ese conocimiento potencial se manifieste, se multiplique en la interacción y se convierta en valor transferible al bien o al servicio que esa empresa ofrece a la sociedad.

El problema es de difícil solución inmediata, pues la ignorancia –cuando anda en compañía del poder, especialmente del poder económico- suele ir blindada dentro de una férrea coraza de arrogancia, que la protege de cualquier crítica e impide toda evolución. 

Aclaro, para las mentes beligerantes, que estas consideraciones son de tipo general, basadas en mi experiencia y, sobre todo, en datos que se pueden consultar públicamente en la web de una institución oficial, muy respetable y muy creíble: el INE.  Claro que hay muchos casos en los que lo general no es aplicable. No hablo aquí de lo que ocurre en algunas empresas españolas modernas, abiertas al mundo y competitivas, que las hay, ubicadas en excelentes parques empresariales, dirigidas por jóvenes universitarios emprendedores y dedicadas a producir novedades tecnológicas, muy estimadas en los mercados internacionales. No, todavía ésa no es la típica empresa española. Hablo de los hoteles de carretera, de los talleres de corte y mecanizado, de las constructoras de barrio, de las cooperativas agrícolas, de las tiendas, de fábricas de embutidos… de lo simple y lo frecuente, que es lo que a fin de cuentas define la tendencia.

Afortunadamente para nuestra sociedad, la burguesía –incluso la iletrada- siempre ha estado obsesionada en dar estudios a su descendencia.  Es de esperar, por lo tanto, que los herederos en ciernes sean los llamados a revolucionar y modernizar la empresa española. 

Mientras tanto, no estaría mal que pensáramos entre todos cómo hallar mecanismos para estimular la culturización de la clase empresarial española, pues los empresarios  –sean universitarios o analfabetos- son la única clase capaz de activar y sostener el funcionamiento de una economía de mercado.

N.B.: La web del INE es:


Los alternativos. Primera entrega

Se posicionan, con contumaz militancia, en contra de la modernidad tecnológica.

Sin embargo, no vacilan en emplear un ordenador para propagar por Internet su ideario de emociones inconexas. Llevan encima un teléfono móvil para capturar, organizada en un montón de megapixels, la bucólica naturalidad de un “espacio protegido” contra el desarrollo, eso sí, no sin cierta aprensión a causa de lo que han leído u oído sobre de la malignidad de esas “radiaciones electromagnéticas” que emiten los dichosos aparatejos.

Gastan un dineral en tratamientos alternativos –cromoterapia, homeopatía, reflexoterapia, gemoterapia…- y siguen a rajatabla los consejos de salud de los gurús naturópatas  –basados en argumentos tan disímiles como el equilibrio entre el ying y el yang, extraído de algún oscuro texto zen, por un lado, y lo que dice una tabla sobre la composición química de los alimentos, publicada a partir de datos científicamente obtenidos en laboratorios atiborrados de tecnología, por el otro-.   En consecuencia, no ponen en su café la sacarosa de toda la vida, la que viene en paquetes de un kilo, porque “el azúcar es malo”, y la sustituyen por edulcorantes sintetizados a partir de derivados del petróleo.  Rechazan con suspicacia la leche de vaca y la remedan con horchata de soya, a la que prefieren llamar “leche”…  Creen a pie juntillas que “lo natural es más sano”, que ciertas cosas absolutamente inanimadas e inertes    –por ejemplo, las piedras de marras- poseen una “energía vital o telúrica” capaz de hacer que tu vida sea más sana, más armónica… o cosas parecidas. Intentan vivir “ecológicamente”, hasta que descubren que es muy caro; entonces simulan vivir ecológicamente, pero siguen sin reconocer o entender que el único recurso natural con que cuenta nuestra especie para sobrevivir es la poca inteligencia que tenemos para transformar, al menos un poquito, la parte del mundo que nos cae más cerca, a la cual, por cierto, jamás le hemos resultado demasiado simpáticos.

Y todos los años emprenden la migración estival, hacia las casas rurales, claro está, que eso de ir a la playa ya no está bien visto y, además, atenta contra los ecosistemas costeros. Pero no les importa entonces descargar en la atmósfera bocanadas de gas carbónico por el tubo de escape de sus monovolúmenes; ya han pagado el peaje ecológico desenchufando todas las noches sus incontables electrodomésticos, para que no permanezcan en stand-by, derrochando energía y contaminando –sin contar con las malignas radiaciones que de ellos escapan, de noche, cual fantasmas, para desasosiego de nuestro “magnetismo natural”.

Para dar envidia a los amigos del club alternativo –porque la envidia es una emoción “muy natural” en los primates-, aquellos que pueden permitírselo se dan un paseo por el paleolítico  –está a unas pocas horas, si se va en avión y luego en todoterreno-, armados con sus cámaras para traerse fotos donde posan con los felices aborígenes. He visto, para mi sorpresa, que de vez en cuando, en las imágenes, se cuelan objetos anacrónicos:
  •        un machete de acero –cuya fabricación, hecha en los contaminados entornos de las modernas ciudades, no podría nunca llevarse a cabo en la aldea preneolítica, pero que sirve para cortar, cazar o defenderse muchísimo mejor que cualquier otra cosa que haya en la selva
  •     un balde de PVC azul –los dichosos nativos descubrieron que era un buen medio para trasportar agua encima de los hombros, pues la arcilla cocida al sol es frágil y pesa muchísimo
  •    un par de zapatos deportivos, tal vez de la talla inadecuada, pero que, gracias a estar hechos de sofisticados polímeros elaborados sobre la base de hidrocarburos fósiles, permiten correr mucho mejor tras las potenciales presas que si se hiciera descalzo.
Dicho sea de paso, ningún miembro del club paleolítico ha defendido jamás –que se tenga noticia- las bondades de una dieta vegetariana: cuando consiguen hincarle el diente a algo que unas horas antes corría, nadaba o volaba, hay fiesta en la comunidad.

Olvidaron las pocas lecciones de estadística que quizás alguna vez recibieron y, por lo tanto, dan a lo anecdótico categoría de ley –cuando, por ejemplo, alguien les cuenta que un pariente sanó de un melanoma con unos cataplasmas de aloe vera- y están convencidos de que los laboratorios farmacéuticos son modernos talleres de alquimistas, en los que se muelen, maceran y cuecen las plantas medicinales de siempre y donde el único valor añadido está en un elegante envase de plástico, montado todo ello con la intención de cobrarnos un riñón por algo que, en los felices tiempos en que el hombre vivía en armonía con la naturaleza, se obtenía gratis de ella.  

En ocasiones, el instinto de supervivencia, puesto a punto durante millones de años de evolución, les devuelve a la racionalidad cuando tienen un problema real con la salud  –algo que duela, que supure, que se inflame o que sangre, quiero decir-.  Entonces no dudan un segundo en irse al hospital más y mejor equipado con toda la tecnología posible.  Acogen con beneplácito marcapasos electrónicos –¡que irradian electricidad justo al lado del corazón!- y prótesis recubiertas de politetrafluoroetileno –¡Dios, hasta el nombre parece tóxico!-, prefieren que les operen con láseres y hasta reciben con un suspiro de alivio los citotóxicos sintéticos, esperanzados en que sus moléculas, aparentemente nada naturales, encuentren y destruyan el tumor que les amenaza, el cual los médicos localizaron mediante el bombardeo con todo tipo de “energías artificiales”. 

Vale, lo reconozco, los más recalcitrantes prefieren ir al curandero. Pero es que algún mecanismo ha de tener la naturaleza para liberar a la especie de sus elementos más tóxicos, ¿no?. Nótese que, una vez conseguido “el estado de bienestar”, a la selección natural le queda un único aliado en su indefectible tarea de mejorar la especie humana: la tontería de alguno de sus elementos.

Pero de todas las tonterías que habitan en sus mentes, tal vez la más popular y disparatada es la demonización de los productos químicos, de la química misma y, por supuesto, de los químicos.  Demostrando a todo humano lúcido con el que conversan que su paso por la segunda enseñanza no dejó huella apreciable en su córtex, insisten en que “los productos químicos son nocivos, todos, pero especialmente esos que aparecen en las etiquetas como aditivos, como por ejemplo, el E300, también llamado ácido ascórbico… Otra cosa muy distinta sería que contuviera algo así como vitamina C, sea intrínseca o añadida, porque todo el mundo sabe que la vitamina C es buena para casi todo…”  Y parecen olvidar, o nunca haber sabido, que TODO, incluidos ellos mismos y el que esto escribe, está hecho SOLAMENTE de sustancias químicas; que en el mundo de las moléculas reina el más estricto igualitarismo, o sea, que no hay una molécula de ácido ascórbico mejor que otra, proceda de donde proceda, de un limón cultivado en el Edén o de una probeta de síntesis en un laboratorio.

Duermen tranquilos, pensando que, por el hecho de haber nacido humanos, son inteligentes, peligrosos y, por lo tanto, poderosos. Tanto que, si no ponen control a su poder, podrían “destruir el planeta”. Y sueñan que usan ese poder con magnanimidad para salvar la Tierra, eso sí, sin violencia alguna.

Al despertar, cada mañana, buscan alguna nueva causa alternativa, algún nuevo producto del “comercio justo” o redescubren, por ejemplo, como paliar el estreñimiento, usando un laxante natural, empleado desde la noche de los tiempos por una antigua tribu –que por suerte dejó su legado antes de desaparecer, hace unos años, cuando sus últimos miembros, famélicos, sin dientes, ulcerados y arrugados a los treinta años de edad, decidieron abandonar el paleolítico y caminaron, con todo su ecosistema de parásitos encima, hasta el pueblo más próximo, donde la comida se compra en el mercado, algunas veces bien envasada en asépticos plásticos, y los males de ojo se conjuran con antibióticos.

Si han tenido la paciencia de leer esto hasta este punto, tal vez se estarán preguntando: ¿Por qué tanta manía contra los alternativos?  ¿No son acaso unos freakies simpáticos, una especie de hippies mutados en postmodernos ilusos, políticamente correctos? 

Mi respuesta es clara: No, los alternativos son potencialmente peligrosos por, al menos,  tres razones:

o       Primera: Puede hacer más daño un imbécil bien intencionado que un sádico inteligente.
o       Segunda: Atacan, royendo, lenta pero eficazmente, uno de los pocos pilares en los que se sostiene la civilización y, por ende, la especie humana: el desarrollo –el bienestar- basado en el racionalismo. 
o       Tercera: Hay precedentes de cómo unas cuantas ideas raras y hasta bienintencionadas al principio, han derivado en integrismos crueles y regresivos. Sí, estoy pensando, por ejemplo, en unas cuantas religiones o algunos sistemas sociopolíticos desastrosos. 

Y es que esta vez nos jugamos nada más y nada menos que la existencia como humanos civilizados.